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Disciplinas. Cuerpos Dóciles

He aquí la figura ideal del soldado tal como se describía aún a comienzos del siglo XVII. El soldado es por principio de cuentas alguien a quien se reconoce de lejos. Lleva en sí unos signos: los signos naturales de su vigor y de su valentía, las marcas también de su altivez; su cuerpo es el blasón de su fuerza y de su ánimo; y si bien es cierto que debe aprender poco a poco el oficio de las armas —esencialmente batiéndose—, habilidades como la marcha, actitudes como la posición de la cabeza, dependen en buena parte de una retórica corporal del honor: “Los signos para reconocer a los más idóneos en este oficio son los ojos vivos y despiertos, la cabeza erguida, el estómago levantado, los hombros anchos, los brazos largos, los dedos fuertes, el vientre hundido, los muslos gruesos, las piernas flacas y los pies secos; porque el hombre de tales proporciones no podrá dejar de ser ágil y fuerte.” (…)

Segunda mitad del siglo XVIII: el soldado se ha convertido en algo que se fabrica; de una pasta informe, de un cuerpo inepto, se ha hecho la máquina que se necesitaba; se han corregido poco a poco las posturas; lentamente, una coacción calculada recorre cada parte del cuerpo, lo domina, pliega el conjunto, lo vuelve perpetuamente disponible, y se prolonga, en silencio, en el automatismo de los hábitos; en suma, se ha “expulsado al campesino” y se le ha dado el “aire del soldado”. (…)

Ha habido, en el curso de la edad clásica, todo un descubrimiento del cuerpo como objeto y blanco de poder. Podrían encontrarse fácilmente signos de esta gran atención dedicada entonces al cuerpo, al cuerpo que se manipula, al que se da forma, que se educa, que obedece, que responde, que se vuelve hábil o cuyas fuerzas se multiplican. El gran libro del Hombre-máquina ha sido escrito simultáneamente sobre dos registros: el anatomo-metafísico, del que Descartes había compuesto las primeras páginas y que los médicos y los filósofos continuaron, y el técnico-político, que estuvo constituido por todo un conjunto de reglamentos militares, escolares, hospitalarios, y por procedimientos empíricos y reflexivos para controlar o corregir las operaciones del cuerpo. (…)

Es dócil un cuerpo que puede ser sometido, que puede ser utilizado, que puede ser trasformado y perfeccionado. En estos esquemas de docilidad, que tanto interés tenían para el siglo XVIII, ¿qué hay que sea tan nuevo? (…)

En primer lugar, la escala del control: no estamos en el caso de tratar el cuerpo, en masa, en líneas generales, como si fuera una unidad indisociable, sino de trabajarlo en sus partes, de ejercer sobre él una coerción débil, de asegurar presas al nivel mismo de la mecánica: movimientos, gestos, actitudes, rapidez; poder infinitesimal sobre el cuerpo activo (…) A continuación, (…) la economía, la eficacia de los movimientos, su organización interna; la coacción sobre las fuerzas (…), la única ceremonia que importa realmente es la del ejercicio. (…)

A estos métodos que permiten el control minucioso de las operaciones del cuerpo, que garantizan la sujeción constante de sus fuerzas y les imponen una relación de docilidad-utilidad, es a lo que se puede llamar las “disciplinas”.

(…) las disciplinas han llegado a ser en el trascurso de los siglos XVII y XVIII unas fórmulas generales de dominación. Distintas de la esclavitud, puesto que no se fundan sobre una relación de apropiación de los cuerpos, es incluso elegancia de la disciplina prescindir de esa relación costosa y violenta obteniendo efecto de utilidad tan grande por lo menos.

(…) Distintas también del ascetismo y de las “disciplinas” de tipo monástico, que tienen por función garantizar renunciaciones más que aumentos de utilidad y que, si bien implican la obediencia a otro, tienen por objeto principal un aumento del dominio de cada cual sobre su propio cuerpo. El momento histórico de las disciplina es el momento en que nace un arte del cuerpo humano, que no tiende únicamente al aumento de sus habilidades, ni tampoco a hacer más pesada su sujeción, sino a la formación de un vínculo que, en el mismo mecanismo, lo hace tanto más obediente cuanto más útil, y al revés. Fórmase entonces una política de las coerciones que constituyen un trabajo sobre el cuerpo, una manipulación calculada de sus elementos, desus gestos, de sus comportamientos. El cuerpo humano entra en un mecanismo de poder que lo explora, lo desarticula y lo recompone.

(…) La disciplina aumenta las fuerzas del cuerpo (en términos económicos de utilidad) y disminuye esas mismas fuerzas (en términos políticos de obediencia). En una palabra: disocia el poder del cuerpo; de una parte, hace de este poder una “aptitud”, una “capacidad” que trata de aumentar, y cambia por otra parte la energía, la potencia que de ello podría resultar, y la convierte en una relación de sujeción estricta.

La “invención” de esta nueva anatomía política no se debe entender como un repentino descubrimiento, sino como una multiplicidad de procesos con frecuencia menores, de origen diferente, de localización diseminada, que coinciden, se repiten, o se imitan, se apoyan unos sobre otros, se distinguen según su dominio de aplicación, entran en convergencia y dibujan poco a poco el diseño de un método general. Siempre, o casi siempre, se han impuesto para responder a exigencias de coyuntura: aquí una innovación industrial, allá la recrudescencia de ciertas enfermedades epidémicas, en otro lugar la invención del fusil o las victorias de Prusia.

(…) Describirlos implicará el estancarse en el detalle y la atención a las minucias: buscar bajo las menores figuras no un sentido, sino una precaución; situarlos no sólo en la solidaridad de un funcionamiento, sino en la coherencia de una táctica. (…) La disciplina es una anatomía política del detalle.

(…) Una observación minuciosa del detalle, y a la vez una consideración política de estas pequeñas cosas, para el control y la utilización de los hombres, se abren paso a través de la época clásica, llevando consigo todo un conjunto de técnicas, todo un corpus de procedimientos y de saber, de descripciones, de recetas y de datos. Y de estas fruslerías, sin duda, ha nacido el hombre del humanismo moderno.

Vigilar y Castigar. Cuerpos Dóciles. Selección de texto

Actividad 1 – ¿Entendí algo de lo que leí?

 

¿Cuál o cuáles son los “blancos” al que apuntan las disciplinas?

¿Qué son las disciplinas? ¿Qué funciones cumplen?

¿Cuáles son las novedades introducidas por las disciplinas?

¿Es posible ubicar un origen preciso de las disciplinas? Justificar

¿Cuál o cuáles son las diferencias que establece el autor entre las disciplinas y la esclavitud? ¿Y con el ascetismo del monasterio?

 

Del Poder de Soberanía al Poder sobre la Vida

 

Me parece que uno de los fenómenos fundamentales del siglo XIX es aquel mediante el cual el poder -por así decirlo- se hizo cargo de la vida. Es una toma de poder sobre el hombre en tanto ser viviente, es una suerte de estatalización de lo biológico, o por lo menos una tendencia que conduce a lo que se podría llamar la estatalización de lo biológico. (…)

 

En la teoría clásica, el derecho de vida y muerte era uno de los atributos fundamentales de la soberanía. Pero este derecho es, a nivel teórico, muy extraño. ¿Qué significa tener derecho de vida y muerte? Decir que el soberano tiene este derecho equivale en cierto sentido a decir que puede hacer morir o dejar vivir.

 

(…) significa que, en las confrontaciones del poder, el sujeto no es sujeto de derecho ni vivo ni muerto. Desde el punto de vista de la vida y de la muerte, el sujeto es simplemente neutro y sólo gracias al soberano tiene derecho de estar vivo o estar muerto. (…)

 

El efecto del poder soberano sobre la vida sólo se ejerce desde el momento en que el soberano puede matar. Es decir que el derecho de matar contiene efectivamente en sí la esencia misma del derecho de vida y muerte: el soberano ejerce su derecho sobre la vida desde el momento en que puede matar. (…)

 

En él no hay, por tanto, simetría real. No es un derecho de hacer morir o hacer vivir. Tampoco es un derecho de dejar vivir o dejar morir. Se trata más bien del derecho de hacer morir o dejar vivir. (…)

 

(…) era simbolizado por la espada. Y quizás haya que referir esa forma jurídica a un tipo histórico de sociedad donde el poder se ejercía por deducción, mecanismo de sustracción, derecho de apropiarse de una parte de las riquezas, extorsión de productor, de bienes, de servicios, de trabajo y de sangre, impuestos a los súbditos. El poder era ante todo el derecho de apropiación: de las cosas, del tiempo, de los cuerpos y finalmente de la vida; culminaba con el privilegio de apoderarse esta última para suprimirla.

 

Ahora bien, Occidente conoció desde la edad clásica una profundísima transformación de esos mecanismos de poder. Las “deducciones” ya no son la forma mayor, sino sólo una pieza entre otras que poseen funciones de incitación, de reforzamiento, de control, de vigilancia, de aumento y organización de las fuerzas que someten: un poder destinado a producir fuerzas, a hacerlas crecer  y ordenarlas más que obstaculizarlas, doblegarlas o destruirlas. A partir de entonces el derecho de muerte tendió a desplazarse, o al menor a apoyarse en las exigencias de un poder que administra la vida, y a conformarse a lo que reclaman esas exigencias. (…)

 

El nuevo derecho no cancelará al primero, pero lo penetrará, lo atravesará, lo modificará. Tal derecho, o más bien tal poder, será exactamente el contrario del anterior: será el poder de hacer vivir y de dejar morir. Resumiendo: si el viejo derecho de soberanía consistía en hacer morir o dejar vivir, el nuevo derecho será el de hacer vivir o dejar morir. (…)

 

Pero ese formidable poder de dar muerte (…) parece ahora como el complemento de un poder que se ejerce positivamente sobre la vida, que procura administrarla, aumentarla, multiplicarla, ejercer sobre ella controles precisos y regulaciones generales.

 

Volvamos a cosas familiares: en los siglos XVII y XVIII  (…) se ven aparecer técnicas de poder centradas especialmente en el cuerpo, en el cuerpo individual. Se trata de aquellos procedimientos mediante los cuales se aseguraba la distribución espacial de los cuerpos individuales (su separación, su alineamiento, su subdivisión y su vigilancia) y la organización -alrededor de estos cuerpos- de todo un campo de visibilidad. Se trata, aparte, de todas las técnicas gracias a las cuales se cuidaba a los cuerpos y se procuraba aumentar su fuerza útil a través del trabajo, el adiestramiento. (…) En suma: de toda esa tecnología que podemos llamar tecnología disciplinaria del trabajo y que se instaura desde fines del siglo xvii.

 

Empero, en el curso de la segunda mitad del siglo siguiente, creo que se ve aparecer algo nuevo: una tecnología no disciplinaria del poder. No en el sentido de que ésta excluya la técnica disciplinaria propiamente dicha, sino en el sentido de que la incorpora, la integra, la modifica parcialmente y sobre todo la utiliza instalándose de algún modo en ella, logrando radicarse efectivamente gracias a la técnica disciplinaria previa. La nueva técnica no suprime a la técnica disciplinaria, porque se ubica en otro nivel, se coloca en otra escala, tiene otra área de acción y recurre a instrumentos diferentes.

 

A diferencia de la disciplina que inviste el cuerpo, la nueva técnica de poder disciplinario se aplica a la vida de los hombres, o mejor, no inviste al hombre -cuerpo, sino al hombre viviente. (…) la nueva tecnología se dirige a la multiplicidad de hombres, pero no en tanto ésta se resuelve en cuerpos, sino en tanto constituye una masa global, recubierta por procesos de conjunto que son específicos de la vida, como el nacimiento, la muerte, la producción, la enfermedad. Podemos pues decir que, tras una primera toma de poder sobre el cuerpo que se efectuó según la individualización, tenemos una segunda toma de poder que procede en el sentido de la masificación. Se efectúa no en dirección al hombre -cuerpo, sino en dirección al hombre -especie.

 

Después de la anatomía política del cuerpo humano instaurada en el setecientos, a fines del siglo se ve aparecer algo que ya no es una anátomo -política del cuerpo humano, sino algo que yo llamaría una biopolítica de la especie humana.

 

 

 

 

Por primera vez en la historia, sin duda, lo biológico se refleja en lo político; el hecho de vivir ya no es un basamento inaccesible que sólo emerge de tiempo en tiempo, en el azar de la muerte y su fatalidad; pasa en parte al campo del control del saber y de intervención del poder. Éste ya no tiene que vérselas sólo con sujetos de derecho, sobre los cuales el último poder del poder es la muerte, sino con seres vivos, y el dominio que puede ejercer sobre ellos deberá colocarse en el nivel de la vida misma; haber tomado a su cargo a la vida, más que la amenaza de asesinato, dio al poder su acceso al cuerpo….habría que hablar de “biopolítica” para designar lo que hace entrar a la vida y sus mecanismos en el dominio de los cálculos explícitos y convierte al poder-saber en un agente de transformación de la vida humana. (…)

 

Durante milenos, el hombre siguió siendo lo que era para Aristóteles: un animal viviente y además capaz de una existencia política; el hombre moderno es un animal cuya política está puesta en entredicho en su  vida de ser viviente

 

Pero, ¿de qué trata la nueva tecnología del poder, la biopolítica, el biopoder que están por instalarse? (…) lo que formó los primeros objetos de saber y los primeros objetivos de control de la biopolítica, fueron esos procesos -como la proporción de los nacimientos y los decesos, la tasa de reproducción, la fecundidad de la población- que, en la segunda mitad del siglo xviii, estaban, como es notorio, en conexión con todo un conjunto de problemas económicos y políticos. Objetos de saber y objetivos de control de la biopolítica eran pues, en general, los problemas de la natalidad, de la mortalidad, de la longevidad.

 

Pero la biopolítica no se ocupa sólo del problema de la fecundidad. Afronta también el de la morbilidad, pero ya no sólo, como antes, a nivel de las epidemias. (…) A fines del siglo xviii ya no se trata de las epidemias, sino de esas enfermedades que recibieron el nombre de endemias. Es decir, se comienza a ocuparse de la forma, de la naturaleza, de la extensión, de la duración, de la intensidad, o de las enfermedades que predominan en una población y que son más o menos difíciles de eliminar. Estas, empero, no son consideradas, como es el caso de las epidemias, como las causas más frecuentes de decesos, sino más bien como factores permanentes (y así son tratadas) de reducción de fuerzas, de energías, de disminución del tiempo de trabajo. En definitiva, son consideradas en términos de costos económicos, ya por la falta de producción, ya por los costos que las curas puedan comportar.(…)

 

Otro campo de intervención de la biopolítica está formado por todo un conjunto de fenómenos, algunos universales y otros accidentales (…) Son esos fenómenos que comportan consecuencias análogas en el plano de la inhabilitación, de la exclusión de los individuos, de su neutralización. Desde comienzos del siglo xix, en la época de la industrialización, devienen fundamentales los problemas de los incidentes, de los infortunios, de las enfermedades; los de las diversas anomalías; los del individuo que, llegado a la vejez, se ve expulsado al campo de los incapaces y de los inactivos. En relación con todos estos fenómenos, la biopolítica se encaminará a preparar no tanto institutos de asistencia (que ya existían) sino mecanismos más ingeniosos y -desde el punto de vista económico- más racionales que la gran asistencia, masiva y al mismo tiempo fragmentaria, esencialmente ligada con la Iglesia: seguros, ahorro individual y colectivo, seguridad social.(…)

 

El último ámbito de intervención (…) toma en consideración las relaciones entre los seres humanos como especie, como seres vivientes, y su ambiente de existencia. (…)  Se suscitará el problema del ambiente mismo, pero no como ambiente natural, sino como ambiente que tiene efectos de retorno sobre  la población, como ambiente creado por ella. Se trata, en una palabra, del problema de la ciudad. (…)

 

En esta nueva tecnología del poder, (…) no se trabaja exactamente ni con la sociedad (el cuerpo social definido por los juristas) ni con el individuo-cuerpo. Lo que aparece es un nuevo cuerpo, un cuerpo múltiple, con una cantidad innumerable, si no infinita de cabezas. Se trata de la noción de población. La biopolítica trabaja con la población. Más precisamente: con la población como problema biológico y como problema de poder. (…)

 

Lo segundo que hay que poner de relieve, después de la aparición de la población, es la naturaleza de los fenómenos tomados en consideración. Como ven, se trata siempre de fenómenos colectivos, que aparecen con sus efectos económicos y políticos, que sólo son pertinentes a nivel de la masa. (…) Estos fenómenos se dan esencialmente en la duración, o sea, deben ser considerados dentro de cierto límite de tiempo, son fenómenos de serie. (…) Lo tercero que me parece importante relevar es  que la tecnología de poder biopolítico conseguirá instaurar mecanismos que tendrán funciones muy diversas de las que eran propias de los mecanismos disciplinarios. (…) se tratará también de modificar, no tanto un fenómeno particular o un determinado individuo, como intervenir a nivel de las determinaciones de los fenómenos generales (…). (…) Pero sobre todo habrá que preparar mecanismos reguladores que, en una población global, puedan determinar un equilibrio, conservar una media, establecer una especie de homeostasis, asegurar compensaciones. (…) Estos mecanismos, como los disciplinarios, están destinados a maximizar las fuerzas y a extraerlas, pero con procedimientos del todo diferentes. (…) No se toma al individuo en detalle. Por el contrario, se actúa, por medio de mecanismos globales, para obtener estados totales de equilibrio, de regularidad. El problema es tomar en gestión la vida, los procesos biológicos del hombre-especie, y asegurar no tanto su disciplina como su regulación.

 

Más acá de ese gran poder absoluto, dramático, hosco, que era el poder de la soberanía, y que consistía en poder hacer morir, he aquí que aparece, con la tecnología del biopoder, un poder continuo, científico: el de hacer vivir. La soberanía hacía morir o dejaba vivir. Ahora en cambio aparece un poder de regulación, consistente en hacer vivir y dejar morir.

 

(…) En resumen: Tenemos una tecnología de adiestramiento opuesta a una tecnología de seguridad, una tecnología disciplinaria que se distingue de una tecnología aseguradora y reguladora; una tecnología que es, en ambos casos, una tecnología del cuerpo, pero en una el cuerpo es individualizado como organismo, dotado de capacidades, y en la otra los cuerpos son ubicados en procesos biológicos de conjunto.

 

Se podría decir: Es como si el poder que tenía como modalidad, como esquema organizativo, la soberanía, se hubiera visto incapaz de regir el cuerpo económico y político de una sociedad entrada en una fase de explosión demográfica y de industrialización, de modo que a la vieja mecánica del poder escapaban muchas cosas, por arriba y por abajo, a nivel de los individuos y a nivel de la masa. Para recuperar lo particular tuvo lugar una primera adaptación de los mecanismos de poder, dirigida a la vigilancia y el adiestramiento. Nace así la disciplina. Ese fue el proceso de adaptación más fácil. Por eso, entre los siglos XVII y XVIII fue el primero realizado, aunque sólo a nivel local, en forma empírica, fraccionaria y en el marco limitado de la escuela, el hospital, el cuartel, la fábrica. Después, a fines del XVIII, hay una segunda adaptación, pero esta vez de fenómenos globales, de población, de procesos biológicos, específicos de la masa humana. Por supuesto, fue una adaptación mucho más difícil, porque implicaba órganos complejos de coordinación y centralización.

 

Tenemos entonces dos series: la serie cuerpo-organismo-disciplina instituciones; y la serie población-procesos biológicos-mecanismos reguladores- Estado. Por un lado un conjunto orgánico institucional: la órgano- disciplina de la institución; por el otro un conjunto biológico y estatal: la bio-regulación a través del Estado. (…)

 

Estos dos conjuntos de mecanismos, uno disciplinario y el otro regulador, no se ubican en el mismo nivel. Esto permite que no se excluyan y que se articulen uno con otro. Hasta se podría sostener que, casi siempre, los mecanismos disciplinarios y los reguladores están articulados unos sobre otros. Veamos un par de ejemplos.

 

Consideren el problema de la ciudad, o de la disposición espacial reflejada, concentrada, constituida por la ciudad-modelo, la ciudad artificial, esta ciudad utópica que no sólo fue soñada sino constituida en el siglo XIX. Consideren la ciudad obrera, en su existencia efectiva, en el siglo XIX. Se puede observar fácilmente cómo ésta articula, entrecruzándolos, mecanismos disciplinarios de control sobre el cuerpo, sobre los cuerpos, gracias a su reticulación, mediante su subdivisión, mediante la distribución de familias (cada una en una casa) y de los individuos (cada uno en una habitación). En la ciudad obrera es pues fácil encontrar toda una serie de mecanismos disciplinarios: subdivisión de la población, sumisión de los individuos a la visibilidad, normalización de los comportamientos. Hay una especie de control policial espontáneo ejercido mediante la disposición espacial misma de la ciudad. Hay después una serie de mecanismos reguladores, que conciernen a la población en tanto tal y que permiten o inducen determinados comportamientos, por ejemplo, el del ahorro, el alquiler de la vivienda o eventualmente su adquisición. Se trata además de mecanismos ligados con los sistemas de seguro sobre enfermedades o sobre la vejez; con las reglas de higiene destinadas a garantizar la longevidad óptima de la población; con las presiones que la misma organización de la ciudad ejerce sobre la sexualidad, por ende sobre la procreación y la higiene de las familias; con las curas destinadas a los niños, con la escolaridad. Como ven, tenemos mecanismos disciplinarios y mecanismos reguladores.

 

Consideremos ahora un ámbito diferente, el de la sexualidad, y preguntémonos: ¿por qué la sexualidad llegó a ser en el siglo xix un campo de importancia estratégica fundamental? Creo que por numerosas razones. En especial porque por un lado, como comportamiento corpóreo, depende de un control disciplinario, individualizante, llevado en forma de vigilancia permanente (los famosos controles de la masturbación, ejercidos sobre los niños tanto en la familia como en la escuela, son su ejemplo más evidente); por otro lado, mediante sus efectos de procreación, la sexualidad se inscribe y adquiere eficacia en ambos procesos biológicos que no conciernen al cuerpo del individuo, sino a aquella unidad múltiple constituida por la población. Por lo tanto depende de la disciplina, pero también de la regulación.

 

La extrema valorización médica de la sexualidad en el siglo XIX, creo que tiene su principio en la posición privilegiada de ésta, que se encuentra entre organismo y población, entre cuerpo y fenómenos globales. De ahí la idea médica según la cual la sexualidad, cuando es indisciplinada e irregular, tiene dos órdenes de efectos. El primero sobre el cuerpo, que es atacado por enfermedades individuales que el disoluto atrae sobre sí. Por ejemplo, un niño que se masturba será un enfermo toda su vida. Se trata aquí de la sanción disciplinaria a nivel del cuerpo. Pero al mismo tiempo una sexualidad disoluta, perversa, tiene efectos a nivel de la población. Se presume que el desviado tendrá una descendencia perturbada, por generaciones y generaciones, hasta la séptima y la séptima de la séptima generación. Nace así la teoría de la degeneración. Y en la medida en que la sexualidad se encuentra en el origen de las enfermedades individuales y constituye el núcleo de la degeneración, representará el punto de articulación de lo disciplinario y lo regulador, del cuerpo y de la población. (…)

 

De un modo más general, se puede decir que el elemento que circulará de lo disciplinario a lo regulador, que se aplicará al cuerpo y a la población y permitirá controlar el orden disciplinario del cuerpo y los hechos aleatorios de una multiplicidad, será la norma. La norma es lo que puede aplicarse tanto al cuerpo que se quiere disciplinar como a la población quese quiere regularizar. La sociedad de normalizaciónes (…) una sociedaddonde se entrecruzan, según una articulación ortogonal, la norma de la disciplina y la norma de la regulación. Decir que el poder se apoderó de la vida, o por lo menos, que durante el siglo XIX tomó a su cargo la vida, equivale a decir que llegó a ocupar toda la superficie que se extiende de lo orgánico a lo biológico, del cuerpo a la población, a través del doble juego de las tecnologías de la disciplina y de las tecnologías de regulación.

 

Genealogía del Racismo Cap. Del Poder soberano al poder sobre la vida. Selección de texto.  El texto que aparece encuadrado corresponde a una selección de Historia de la Sexualidad 1. Cap V.

 Actividad 2 – ¿Entendí lo que leí?

 

  1. ¿Cuál es la diferencia entre el poder soberano sobre la vida, y el nuevo derecho? Explicarla
  2. Explicar el concepto de regulación
  3. ¿Cuáles son los fenómenos que atienden las regulaciones?
  4. Explicar en función del concepto de regulación la diferencia entre endemia y epidemia
  5. ¿Cuál es la diferencia entre regulación y disciplina? ¿La aparición de la regulación implica la anulación de la disciplina?
  6. Sobre los ejemplos citados por el autor al final del texto, elegir uno, e identificar para ese caso los mecanismos reguladores y los mecanismos disciplinarios

 

 

Actividad 3 – Para reflexionar ¿Esto será cosa del pasado?

¡Búsqueda Filosófica! Identifique a las disciplinas y a las regulaciones en su entorno cotidiano, dando algún ejemplo y reflexionando sobre la función o las funciones que podrían estar cumpliendo en su vida y en la de los demás.