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Los orígenes de la Filosofía

“La historia de la filosofía como pensar metódico tiene su comienzo hace dos mil quinientos años, pero como pensar mítico mucho antes.

Sin embargo, comienzo no es lo mismo que origen. El comienzo es histórico (…). Origen es, en cambio, la fuente de la que mana en todo el tiempo el impulso que mueve a filosofar. (…)

Este origen es múltiple. Del asombro sale la pregunta y el conocimiento; de la duda acerca de lo conocido, el examen crítico y la certeza; de la conmoción del hombre y de la conciencia de estar perdido, la cuestión de su propio ser. Representémonos ante todo estos tres motivos”.

(Karl Jaspers “La Filosofía” cap. II Los orígenes de la Filosofía Fondo de Cultura Económica, México, 1953, Pgs. 16 y 17)

 

La actitud Filosófica

La etimología de las palabras suele ser un punto de partida interesante para el desarrollo de los temas a que hace referencia. Tal es el caso del término filosofía. Proviene del griego y está compuesto por dos raíces: philo que significa aspiración, simpatía, amor y sophia que significa sabiduría. Se admite pues que el término puede interpretarse como aspiración, búsqueda de la sabiduría lo que se diferencia de un estado de posesión de la sabiduría que como es obvio terminaría con la búsqueda y la aspiración. En esta raíz etimológica del término está encerrada la cuestión de la actitud filosófica. Una actitud de búsqueda cuyo objetivo es la sabiduría. Sabiduría que se diferencia de saber, término que denota un conjunto de conocimientos teóricos de los cuales tenemos garantía de su certeza, en tanto que sabiduría apunta más a una práctica sabia de vida cuidadosa y reflexiva tanto en el plano teórico del conocer como en el plano práctico del hacer. Una actitud que porque aspira es abierta y relativa, puesto que se desarrolla como camino de búsqueda en lugar de proponerse en sí misma como acabada y completa en relación a su fin, es decir . Una actitud que recoge lo más característico de lo humano: su indefinición e insatisfacción a la vez que su anhelo de alcanzar metas. Para el caso la meta es la sabiduría, que se abre como horizonte de plenitud y completitud. ( Berttolini- Langón- Quintela. Materiales para la construcción de cursos de Filosofía)

El filósofo y el sabio

La palabra griega “filósofo” se formó en oposición a “sofós”. Se trata del amante del conocimiento, a diferencia de aquél que, estando en posesión del conocimiento se llama sapiente o sabio. Este sentido de la palabra ha persistido hasta hoy: la busca de la verdad, no la posesión de ella, es la esencia de la filosofía, por frecuentemente que se la traicione con el dogmatismo, esto es, con un saber enunciado en proposiciones, definitivo, perfecto y enseñable. Filosofía quiere decir ir de camino. Sus preguntas son más esenciales que sus respuestas, y toda respuesta se convierte en una nueva pregunta K. Jaspers (1883 – 1969)

SOFIA

Este esquema recoge posibles posturas del hombre en vínculo con el mundo, entendido como el complejo ámbito de la naturaleza, los productos culturales, los otros hombres, como también los proyectos concebidos por el propio hombre, sus fantasías, los valores, sus utopías…

El intento es dilucidar qué actitudes son fértiles en relación a la conciencia filosófica y cuáles en cambio bloquean esta modalidad de reflexión.

Es necesario tener en cuenta que, en tanto esquema, la propuesta simplifica la complejidad de la realidad. Por ejemplo, sólo se indican posibilidades extremas y sin embargo es claro que caben multiplicidad de matices. Por otra parte el proceso no es lineal como puede sugerir el diagrama. Por el contrario se dan vaivenes constantes, interacciones, retroacciones que dan cuenta del carácter indefinido y abierto del proceso.

“(…) muy propio del filósofo es el asombro como estado del alma. Porque la filosofía no conoce otro origen que éste.”

(Platón, Teeteto, o de la ciencia, 155,d.)

“Ya que entonces (los primeros filósofos) como ahora fue la admiración lo que inicialmente empujó a los hombres a filosofar. (…) Buscar una explicación de las cosas y admirarse de ellas es reconocer que se las ignora; por esta razón el filósofo es un hombre aficionado a los mitos, porque el mito se construye sobre asuntos maravillosos.”

(Aristóteles, Metafísica, cap. 2 982 a/983 a)

Los autores destacan la significación filosófica de la capacidad de inquietarse frente a los acontecimientos, de vivenciar un cierto desasosiego, de re-vivir la percepción como si el espectáculo, aun de lo cotidiano, se presentara por primera vez. Sólo a partir del asombro se dispara cualquier esfuerzo de re-flexión. El asombro se nos manifiesta como condición necesaria, aunque no suficiente, de la actitud filosófica. Es generador de interrogantes que dinamizan el diálogo del hombre consigo mismo y con el mundo.

 

La actitud contrapuesta al asombro es la indiferencia.  Es improbable el desinterés absoluto. Sin embargo es frecuente  un interés circunscripto  solo a lo vital.  El individuo permanece como anestesiado frente a cualquier circunstancia del mundo que no ponga en juego su presente inmediato; es por tanto incapaz de maravillarse e involucrarse en profundidad con las cosas.

Una modalidad de esta actitud consiste en estructurar la existencia en la persecución del placer inmediato, la satisfacción de pulsiones perentorias, la respuesta a preferencias pasajeras. La indiferencia, o el hedonismo inmediatista en la lógica del consumismo restringen el espacio para el autoexamen o la reflexión crítica.

El asombro como impulso inicial frente a acontecimientos desconocidos,  sorprendentes o inciertos, puede desembocar en fuerte conmoción afectiva. Puede tomar la forma de temor,  estupor o veneración. Este estado emocional, que compromete todo el ser del hombre, estructura de una manera peculiar su relación con los acontecimientos y puede generar una riquísima producción artística o religiosa.

En cambio, la indagación supone una actitud diferente. Se nutre de lo afectivo pero implica además intención de aprehender conceptualmente los fenómenos, de comprenderlos. La conciencia asombrada deviene en conciencia que interroga y el interrogante se organiza en un problema a dilucidar. A partir de ahí surgirán hipótesis más o menos plausibles. El sujeto se dinamiza, sondea el objeto de su interés, interactúa con él.  El proceso de indagación pone en juego tres dimensiones en que el hombre se mueve y que caracterizan su praxis: dimensión cognoscitiva, práctica y axiológica. Es decir, el hombre como un ser capaz de conocer, transformar  y valorar. Y estas tres posibilidades se involucran entre sí al pinto de no tener autonomía.

La indagación tendrá como resultado algunas respuestas a los interrogantes que ha generado el asombro. Si el hombre toma esas respuestas como definitivas e inapelables, si las maneja como supuestos rígidos de su conocimiento y su acción en el mundo, incurre en lo que filosóficamente se denomina actitud dogmática.

El dogmatismo es una postura anti-filosófica por excelencia. Pues si supongo que estoy en posesión de la verdad se vuelve estéril toda indagación. Sin embargo, es necesario reconocer que el dogmatismo no es extraño a la historia del pensamiento filosófico. Muchos filósofos, si bien parten de una reflexión crítica y revulsiva respecto a otros pensadores, terminan por plantear su alternativa como la verdad última. Es decir, a veces en forma inadvertida el filósofo resulta traicionando el camino que él mismo ha emprendido.

Al dogmatismo se contrapone el escepticismo, como aplicación rigurosa de la duda crítica. No en el sentido desviado que el término ha tomado hoy en el lenguaje vulgar, como un “no creer en nada”. Desde su etimología la postura escéptica supone escrutar las verdades, hacerse cuestión de las cosas, problematizarlas allí donde otros creen haber llegado a hacerlas incuestionables.

La conciencia de los límites del conocimiento humano y sus contradicciones conduce en ocasiones, a un escepticismo radical. En este caso, el sujeto se limita a marcar la duda y la suspensión de todo juicio como las únicas posturas coherentes. Esta modalidad del escepticismo también es negadora de la filosofía pues la concibe como una empresa inútil.

Hay sin embargo un escepticismo que es inseparable de la filosofía. Como dice Marta López Gil “se trata de resguardarla suprimiendo todo acabamiento toda palabra última, toda fundamentación final”. Es casi una exigencia ética para el filósofo aplicar su mirada lúcida, haciendo uso de la duda como método orientado a descubrir y reconstruir la argumentación. En este sentido, la seguridad y comodidad intelectual no son compañeras de la filosofía. La conciencia filosófica es corrosiva, vive en desasosiego, en conflicto consigo misma. *

*(Berttolini, Langón, Quintela, de “Materiales para la construcción de cursos de Filosofía)

 

 

La Filosofía como pensar problematizador

 

Se ha reconocido con frecuencia que el planteamiento de los problemas es una de las tareas filosóficas primordiales.

La problematización de todo lo que se le presenta, tano de la realidad como de las proposiciones sobre ella, es misión de la filosofía.

Y como lo más problemático es la filosofía misma, ella se convierte en su principal problema. Esta especificidad de la filosofía hace imposible por principio su disolución en las demás ciencias.

Pero, en filosofía,  no se trata de coleccionar problemas sino de trazar el marco dentro del cual los problemas adquieren sentido y ofrecen perspectivas de investigación.  La filosofía no trata simplemente cualquier problema sino, por lo menos, reflexiona también sobre el carácter del planteamiento del problema.

La actividad de los mayores pensadores en el campo de la filosofía ha consistido en sobre todo en cambiar el planteo de los problemas.

Por lo general un problema es una cuestión que se trata de aclarar o resolver. El problema puede compararse a un nudo en el que se articulan aspectos contrapuestos de una cuestión. Lo que se trata de hacer con él es resolverlo o disolverlo, o clarificar la dimensión de su carácter problemático.

En el proceso de conocimiento se van generando nudos problemáticos siempre nuevos.

Los problemas pueden aceptarse o rechazarse, por ejemplo declarando que carecen de significación, o que son insolubles, o que son absurdos, o que son insignificantes.

El concepto de problema ha de entenderse no en una lógica del conocimiento perfecto y concluido, cuyas notas esenciales son verdad y certeza, sino más bien con una lógica del conocimiento invertido, progresivo, es decir una lógica del proceso del conocimiento.

El carácter del proceso de conocimiento puede describirse mediante la dialéctica del saber y no saber. En cuanto se presenta la pregunta acerca de algo no-sabido, se quiebra el carácter concluido de un determinado saber y se abre el proceso del buscar o de  la investigación. Pero sólo se llega a esta apertura si tanto el saber como el no-saber se resumen en la unidad de saberse a sí mismo, de modo que se tiene conciencia del saber por contraposición al no-saber y del no-saber por contraposición al saber. **

**(Berttolini, Langón, Quintela, de “Materiales para la construcción de cursos de Filosofía)

 

Subjetividad e historicidad de los problemas

 

Los problemas no se presentan en abstracto. Para analizarlos hay que tener en cuenta la situación real en que este problema se constituye.

Esta situación incluye:

 

  • Un sujeto, que es quien piensa y para quien existe el problema,
  • Las circunstancias en que se enuncia el problema,
  • La cuestión a que se refiere el problema.

La palabra problema viene del griego y etimológicamente significa lanzar o arrojar hacia adelante. En este sentido un problema es algo que está frente a mí, algo con que me encuentro y me enfrenta. En otras palabras, un problema es un obstáculo. Pero para que algo sea vivido como obstáculo no es suficiente que esté presente ante mí. Es indispensable que yo me proponga, que sienta la necesidad de sortearlo, de pasar al otro lado, de salir de esa situación. Es decir, no todo interrogante es vivido como  problema por el hombre. No alcanza con tener conciencia de que ignoramos algo, no alcanza con contrastar la aparente incompatibilidad entre los datos que cuento. El hombre contemporáneo percibe con claridad que desconoce muchas cosas pero puede habituarse a vivir con su ignorancia sin intranquilizarse por ello. El problema en cambio se caracteriza por su dimensión de problematicidad para alguien. La situación se hace problemática cuando el sujeto siente la necesidad de superarla como una exigencia. La situación adquiere entonces dramatismo. En cuanto a su contenido, tanto el problema como su solución, se caracterizan por su historicidad. La solución siempre tiene una zona de validez limitada, fuera de la cual será sustituida por otra. Pero los problemas mismos son históricos y esto en dos sentidos: un mismo problema es una realidad variada a lo largo de la historia. Pero además, permanentemente aparecen problemas nuevos y otros dejan de serlo.

 

Actividad:

¿Qué condiciones hacen que un simple interrogante se transforme en problema?

 

Pero, ¿para qué sirve la Filosofía?

 

“Cuando alguien pregunta para qué sirve la filosofía, la respuesta debe ser agresiva ya que la pregunta se tiene por irónica y mordaz. La filosofía no sirve al Estado, ni a la Iglesia, que tienen otras preocupaciones. No sirve a ningún poder establecido (…) Sirve para detestar la estupidez, hace de la estupidez una cosa vergonzosa. Sólo tiene un uso: denunciar la bajeza en todas sus formas (…) Denunciar todas las ficciones sin las que las fuerzas reactivas no podrían prevalecer. Denunciar en la mistificación, esta mezcla de bajeza y estupidez que forma también la asombrosa complicidad de las víctimas y de los autores. En fin, hacer del pensamiento algo agresivo, activo, afirmativo. Hacer hombres libres.”  Gilles Deleuze (1925 -1995)

 

 

 

“La verdadera función social de la filosofía reside en la crítica de lo establecido. Eso no implica la actitud superficial de objetar sistemáticamente ideas o situaciones aisladas, que haría del filósofo un cómico personaje. Tampoco significa que el filósofo se queje de este o aquel hecho tomado aisladamente y recomiende un remedio. La meta principal de esta crítica es impedir que los hombres se abandonen a aquellas ideas y formas de conducta que la sociedad en su organización actual les dicta.” M. Horkheimer, (1895. 1976) *

 

*(Material extraído de ficha de las profs. Ximena kechichian y  Sofía Velázquez)