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LA ACTITUD FILOSÓFICA

PROFUNDIZANDO EN LAS FUENTES DE LA ACTITUD FILOSÓFICA

SOFIA

Este esquema recoge posibles posturas del hombre en vínculo con el mundo, entendido como el complejo ámbito de la naturaleza, los productos culturales, los otros hombres, como también los proyectos concebidos por el propio hombre, sus fantasías, los valores, sus utopías…

El intento es dilucidar qué actitudes son fértiles en relación a la conciencia filosófica y cuáles en cambio bloquean esta modalidad de reflexión.

Es necesario tener en cuenta que, en tanto esquema, la propuesta simplifica la complejidad de la realidad. Por ejemplo, sólo se indican posibilidades extremas y sin embargo es claro que caben multiplicidad de matices. Por otra parte el proceso no es lineal como puede sugerir el diagrama. Por el contrario se dan vaivenes constantes, interacciones, retroacciones que dan cuenta del carácter indefinido y abierto del proceso.

“(…) muy propio del filósofo es el asombro como estado del alma. Porque la filosofía no conoce otro origen que éste.”

(Platón, Teeteto, o de la ciencia, 155,d.)

“Ya que entonces (los primeros filósofos) como ahora fue la admiración lo que inicialmente empujó a los hombres a filosofar. (…) Buscar una explicación de las cosas y admirarse de ellas es reconocer que se las ignora; por esta razón el filósofo es un hombre aficionado a los mitos, porque el mito se construye sobre asuntos maravillosos.”

(Aristóteles, Metafísica, cap. 2 982 a/983 a)

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Afecto: del latín afficere, poner en una cierta disposición buena o mala.

Sinónimo: Receptividad.

Dogma: del griego dokei, parecer, decisión, decreto, doctrina fija.

Escéptico: del griego skeptikós que observa sin afirmar

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Los autores destacan la significación filosófica de la capacidad de inquietarse frente a los acontecimientos, de vivenciar un cierto desasosiego, de re-vivir la percepción como si el espectáculo, aun de lo cotidiano, se presentara por primera vez. Sólo a partir del asombro se dispara cualquier esfuerzo de re-flexión. El asombro se nos manifiesta como condición necesaria, aunque no suficiente, de la actitud filosófica. Es generador de interrogantes que dinamizan el diálogo del hombre consigo mismo y con el mundo.

 

La actitud contrapuesta al asombro es la indiferencia.  Es improbable el desinterés absoluto. Sin embargo es frecuente  un interés circunscripto  solo a lo vital.  El individuo permanece como anestesiado frente a cualquier circunstancia del mundo que no ponga en juego su presente inmediato; es por tanto incapaz de maravillarse e involucrarse en profundidad con las cosas.

Una modalidad de esta actitud consiste en estructurar la existencia en la persecución del placer inmediato, la satisfacción de pulsiones perentorias, la respuesta a preferencias pasajeras. La indiferencia, o el hedonismo inmediatista en la lógica del consumismo restringen el espacio para el autoexamen o la reflexión crítica.

El asombro como impulso inicial frente a acontecimientos desconocidos,  sorprendentes o inciertos, puede desembocar en fuerte conmoción afectiva. Puede tomar la forma de temor,  estupor o veneración. Este estado emocional, que compromete todo el ser del hombre, estructura de una manera peculiar su relación con los acontecimientos y puede generar una riquísima producción artística o religiosa.

En cambio, la indagación supone una actitud diferente. Se nutre de lo afectivo pero implica además intención de aprehender conceptualmente los fenómenos, de comprenderlos. La conciencia asombrada deviene en conciencia que interroga y el interrogante se organiza en un problema a dilucidar. A partir de ahí surgirán hipótesis más o menos plausibles. El sujeto se dinamiza, sondea el objeto de su interés, interactúa con él.  El proceso de indagación pone en juego tres dimensiones en que el hombre se mueve y que caracterizan su praxis: dimensión cognoscitiva, práctica y axiológica. Es decir, el hombre como un ser capaz de conocer, transformar  y valorar. Y estas tres posibilidades se involucran entre sí al pinto de no tener autonomía.

La indagación tendrá como resultado algunas respuestas a los interrogantes que ha generado el asombro. Si el hombre toma esas respuestas como definitivas e inapelables, si las maneja como supuestos rígidos de su conocimiento y su acción en el mundo, incurre en lo que filosóficamente se denomina actitud dogmática.

El dogmatismo es una postura anti-filosófica por excelencia. Pues si supongo que estoy en posesión de la verdad se vuelve estéril toda indagación. Sin embargo, es necesario reconocer que el dogmatismo no es extraño a la historia del pensamiento filosófico. Muchos filósofos, si bien parten de una reflexión crítica y revulsiva respecto a otros pensadores, terminan por plantear su alternativa como la verdad última. Es decir, a veces en forma inadvertida el filósofo resulta traicionando el camino que él mismo ha emprendido.

Al dogmatismo se contrapone el escepticismo, como aplicación rigurosa de la duda crítica. No en el sentido desviado que el término ha tomado hoy en el lenguaje vulgar, como un “no creer en nada”. Desde su etimología la postura escéptica supone escrutar las verdades, hacerse cuestión de las cosas, problematizarlas allí donde otros creen haber llegado a hacerlas incuestionables.

La conciencia de los límites del conocimiento humano y sus contradicciones conduce en ocasiones, a un escepticismo radical. En este caso, el sujeto se limita a marcar la duda y la suspensión de todo juicio como las únicas posturas coherentes. Esta modalidad del escepticismo también es negadora de la filosofía pues la concibe como una empresa inútil.

Hay sin embargo un escepticismo que es inseparable de la filosofía. Como dice Marta López Gil “se trata de resguardarla suprimiendo todo acabamiento toda palabra última, toda fundamentación final”. Es casi una exigencia ética para el filósofo aplicar su mirada lúcida, haciendo uso de la duda como método orientado a descubrir y reconstruir la argumentación. En este sentido, la seguridad y comodidad intelectual no son compañeras de la filosofía. La conciencia filosófica es corrosiva, vive en desasosiego, en conflicto consigo misma. *

(Berttolini, Langón, Quintela, de “Materiales para la construcción de cursos de Filosofía)

LA FILOSOFÍA COMO PENSAR PROBLEMATIZADOR

 Se ha reconocido con frecuencia que el planteamiento de los problemas es una de las tareas filosóficas primordiales.

La problematización de todo lo que se le presenta, tano de la realidad como de las proposiciones sobre ella, es misión de la filosofía.

Y como lo más problemático es la filosofía misma, ella se convierte en su principal problema. Esta especificidad de la filosofía hace imposible por principio su disolución en las demás ciencias.

Pero, en filosofía,  no se trata de coleccionar problemas sino de trazar el marco dentro del cual los problemas adquieren sentido y ofrecen perspectivas de investigación.  La filosofía no trata simplemente cualquier problema sino, por lo menos, reflexiona también sobre el carácter del planteamiento del problema.

La actividad de los mayores pensadores en el campo de la filosofía ha consistido en sobre todo en cambiar el planteo de los problemas.

Por lo general un problema es una cuestión que se trata de aclarar o resolver. El problema puede compararse a un nudo en el que se articulan aspectos contrapuestos de una cuestión. Lo que se trata de hacer con él es resolverlo o disolverlo, o clarificar la dimensión de su carácter problemático.

En el proceso de conocimiento se van generando nudos problemáticos siempre nuevos.

Los problemas pueden aceptarse o rechazarse, por ejemplo declarando que carecen de significación, o que son insolubles, o que son absurdos, o que son insignificantes.

El concepto de problema ha de entenderse no en una lógica del conocimiento perfecto y concluido, cuyas notas esenciales son verdad y certeza, sino más bien con una lógica del conocimiento invertido, progresivo, es decir una lógica del proceso del conocimiento.

El carácter del proceso de conocimiento puede describirse mediante la dialéctica del saber y no saber. En cuanto se presenta la pregunta acerca de algo no-sabido, se quiebra el carácter concluido de un determinado saber y se abre el proceso del buscar o de  la investigación. Pero sólo se llega a esta apertura si tanto el saber como el no-saber se resumen en la unidad de saberse a sí mismo, de modo que se tiene conciencia del saber por contraposición al no-saber y del no-saber por contraposición al saber. **

**(Berttolini, Langón, Quintela, de “Materiales para la construcción de cursos de Filosofía)

 

SUBJETIVIDAD E HISTORICIDAD DE LOS PROBLEMAS

 Los problemas no se presentan en abstracto. Para analizarlos hay que tener en cuenta la situación real en que este problema se constituye.

Esta situación incluye:

  • un sujeto, que es quien piensa y para quien existe el problema,
  • Las circunstancias en que se enuncia el problema,
  • La cuestión a que se refiere el problema.

La palabra problema viene del griego y etimológicamente significa lanzar o arrojar hacia adelante. En este sentido un problema es algo que está frente a mí, algo con que me encuentro y me enfrenta. En otras palabras, un problema es un obstáculo. Pero para que algo sea vivido como obstáculo no es suficiente que esté presente ante mí. Es indispensable que yo me proponga, que sienta la necesidad de sortearlo, de pasar al otro lado, de salir de esa situación. Es decir, no todo interrogante es vivido como  problema por el hombre. No alcanza con tener conciencia de que ignoramos algo, no alcanza con contrastar la aparente incompatibilidad entre los datos que cuento. El hombre contemporáneo percibe con claridad que desconoce muchas cosas pero puede habituarse a vivir con su ignorancia sin intranquilizarse por ello. El problema en cambio se caracteriza por su dimensión de problematicidad para alguien. La situación se hace problemática cuando el sujeto siente la necesidad de superarla como una exigencia. La situación adquiere entonces dramatismo. En cuanto a su contenido, tanto el problema como su solución, se caracterizan por su historicidad. La solución siempre tiene una zona de validez limitada, fuera de la cual será sustituida por otra. Pero los problemas mismos son históricos y esto en dos sentidos: un mismo problema es una realidad variada a lo largo de la historia. Pero además, permanentemente aparecen problemas nuevos y otros dejan de serlo.

Actividad:

¿Qué condiciones hacen que un simple interrogante se transforme en problema?

 LA FILOSOFÍA Y SU VIVENCIA

 

Ustedes vienen a estas aulas y yo a ellas también, para hacer juntos algo. ¿Qué es lo que vamos a hacer juntos? Lo dice el tema: vamos a hacer filosofía.

La filosofía es, por de pronto, algo que el hombre hace, que el hombre ha hecho. Lo primero que debemos intentar, pues, es definir ese «hacer» que llamamos filosofía. Deberemos por lo menos dar un concepto general de la filosofía, y quizá fuese la incumbencia de esta lección primera la de ex-plicar y exponer qué es la filosofía. Pero esto es imposible. Es absolutamente imposible decir de antemano qué es filosofía. No se puede definir la filosofía antes de hacerla; como no se puede definir en general ninguna ciencia, ni ninguna disciplina, antes de entrar directamente en el trabajo de hacerla.

Por consiguiente, no puedo decirles lo que es filosofía. Filosofía es lo que vamos a hacer ahora juntos, durante este curso…

¿Qué quiere esto decir? Esto quiere decir que la filosofía, más que ninguna otra disciplina, necesita ser vivida. Necesitamos tener de ella una «vivencia».(…). Vivencia significa lo que tenemos real-mente en nuestro ser psíquico; lo que real y verdaderamente estamos sintiendo, teniendo, en la plenitud de la palabra «tener».

Voy a dar un ejemplo para que comprendan bien lo que es la «vivencia». El ejemplo no es mío, es de Bergson.

Una persona puede estudiar minuciosamente el plano de París; estudiarlo muy bien; notar uno por uno los diferentes nombres de las calles; estudiar sus direcciones; luego puede estudiar los monumentos que hay en cada calle; puede estudiar los planos de esos monumentos; puede repasar las series de las fotografías del Museo del Louvre, una por una. Después de haber estudiado el plano y los monumentos, puede este hombre procurarse una visión de las perspectivas de París, mediante una serie de fotografías tomadas de múltiples puntos de vista. Puede llegar de esa manera a tener una idea regularmente clara, muy clara, clarísima, detalladísima de París.

Esta idea podrá ir perfeccionándose cada vez más, conforme los estudios de este hombre sean cada vez más minuciosos; pero siempre será una mera idea. En cambio, veinte minutos de paseo a pie por París, son una vivencia.

Entre veinte minutos de paseo a pie por una calle de París y la más larga y minuciosa colección de fotografías, hay un abismo. La una es una mera idea, una representación, un concepto, una elaboración intelectual; mientras que la otra es ponerse uno realmente en presencia del objeto, esto es: vivirlo, vivir con él; tenerlo propia y realmente en la vida; no el concepto que lo substituya; no la fotografía que lo substituya; no el plano, no el esquema que lo substituya, sino él mismo. Pues, lo que nosotros vamos a hacer es vivir la filosofía. Para vivirla es indispensable entrar en ella como se entra en una selva; entrar en ella a explorarla.

De vez en cuando, en estos viajes nuestros, en esta peregrinación nuestra por el territorio de la filosofía, podremos detenemos y hacer balance, hacer recuento de conjunto de las experiencias, de las vivencias que hayamos tenido; y entonces podremos formular alguna definición general de la filosofía, basadas en esas auténticas vivencias que hayamos tenido hasta entonces.

Esa definición entonces tendrá sentido, estará llena de sentido, porque habrá dentro de ella vivencias personales nuestras.***

***(Manuel García Morente (1886 -1942) En Lecciones preliminares de filosofía)

 Actividad:

Explica por qué García Morente afirma que no se puede definir la filosofía antes de hacerla?