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“Lo que la reflexión nos enseña al respecto, la observación lo confirma cabalmente: el hombre salvaje y el hombre civilizado difieren tanto por el fondo del corazón y de las inclinaciones, que lo que hace la suprema felicidad de uno, reduce al otro a la desesperanza. El primero no respira más que el reposo y la libertad, sólo desea vivir y permanecer ocioso y la propia ataraxia del Estoico no se parece en nada a su profunda indiferencia por cualquier otro objeto”.

“Por el contrario, el ciudadano, siempre activo, suda, se agita, se atormenta incesantemente para buscar unas ocupaciones aún más laboriosas: trabaja hasta la muerte, incluso corre hacia ésta para ponerse en condiciones de poder vivir o renuncia a la vida para conseguir la inmortalidad, adula a los grandes que odia y a los ricos que desprecia; nada ahorra para obtener el honor de servirles; se vanagloria orgullosamente de su bajeza y de su protección, y orgulloso de su esclavitud, habla con desprecio de quienes no tienen el honor de compartirla.”

“Considerándolo, en una palabra, tal cual ha debido salir de las manos de la naturaleza, veo en él un animal menos fuerte que unos y menos ágil que otros, pero en conjunto mejor organizado que todos; lo veo saciar su hambre bajo una encina, su sed en el arroyo más cercano, durmiendo bajo el árbol mismo que le proporcionó su sustento, y de esta suerte satisfacer todas sus necesidades”.

“Habituados desde la infancia a las intemperies del aire y al rigor de las estaciones; ejercitados en la fatiga y obligados a defender, desnudos y sin armas, sus vidas y sus presas contra las otras bestias feroces, o a escaparse mediante la fuga, los hombres adquieren un temperamento robusto y casi inalterable”.

 

“Con tan pocas fuentes verdaderas de males, el hombre en su estado natural apenas si tiene necesidad de remedios y menos todavía de medicinas. La especie humana no es a este respecto de peor condición que las otras, y es fácil saber por los cazadores si en sus excursiones encuentran muchos animales enfermos.”

 

“Solo, ocioso y siempre rodeado de peligros, el hombre salvaje debe gustarle dormir y tener el sueño ligero, como los animales que pensando, poco, duermen por decirlo así, todo el tiempo que no piensan. Constituyendo su propia conservación casi su único cuidado, debe ser causa de que sus facultades más ejercitadas sean aquellas que tienen por objeto principal el ataque y la defensa, ya sea con el fin de subyugar su presa, ya sea para evitar seria él de algún otro animal, resultando lo contrario con los órganos que no se perfeccionan sino por medio de la molicie y de la sensualidad, que deben permanecer en un estado de rudeza que excluye toda delicadeza.”

 

“Hobbes no ha visto que la misma causa que impide a los salvajes usar de su razón, como lo pretenden nuestros jurisconsultos, les impide asimismo abusar de sus facultades, según lo pretende él mismo; de suerte que podría decirse que los salvajes no son malos precisamente porque no saben lo que es ser buenos, pues no es ni el desarrollo de sus facultades ni el freno de la ley, sino la calma de las pasiones y la ignorancia del vicio lo que les impide hacer mal.”

 

“Es, pues, perfectamente cierto que la piedad es un sentimiento natural que, moderando en cada individuo el exceso de amor propio, contribuye a la conservación mutua de toda la especie. Es ella la que nos lleva sin reflexión a socorrer a los que vemos sufrir; ella la que, en el estado natural, sustituye las leyes, las costumbres y la virtud, con la ventaja de que nadie intenta desobedecer su dulce voz; es ella la que impedirá a todo salvaje robusto quitar al débil niño o al anciano enfermo, su subsistencia adquirida penosamente, si tiene la esperanza de encontrar la suya en otra parte; ella la que, en vez de esta sublime máxima de justicia razonada: Haz a otro lo mismo que quieras que te hagan a ti, inspira a todos los hombres esta otra de bondad natural, menos perfecta, pero más útil tal vez que la precedente: Haz tú bien con el menor mal posible a los otros. Es, en una palabra, en este sentimiento natural, más que en argumentos sutiles, donde debe buscarse la causa de la repugnancia que todo hombre experimenta al hacer mal…”

 

“Después de haber probado que la desigualdad es apenas sensible en el estado natural y que su influencia es casi nula, réstame demostrar su origen y sus progresos en los sucesivos desarrollos del espíritu humano.”

 

 

SOBRE LA PROPIEDAD “El primer hombre a quien, cercando un terreno, se lo ocurrió decir esto es mío y halló gentes bastante simples para creerle fue el verdadero fundador de la sociedad civil. ¡Cuántos crímenes, guerras, asesinatos; cuántas miserias y horrores habría evitado al género humano aquel que hubiese gritado a sus semejantes, arrancando las estacas de la cerca o cubriendo el foso: «¡Guardaos de escuchar a este impostor; estáis perdidos si olvidáis que los frutos son de todos y la tierra de nadie!» Pero parece que ya entonces las cosas habían llegado al punto de no poder seguir más como estaban, pues la idea de propiedad, dependiendo de muchas, otras ideas anteriores que sólo pudieron nacer sucesivamente, no se formó de un golpe en el espíritu humano; fueron necesarios ciertos progresos, adquirir ciertos conocimientos y cierta industria, transmitirlos y aumentarlos de época en época, antes de llegar a ese último límite del estado natural.(…)”

 

“El primer sentimiento del hombre fue el de su existencia; su primer cuidado, el de su conservación.(…)”

 

 

Rousseau, Jean Jaques, Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres, Ed. Alba, Madrid, 1998