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Kant, Imanuel. (1724-1804) Nacido en Königsberg, tanto por influencia de su madre, como de sus profesores en el Colegio Friedriciano, Kant se educó dentro de los principios del pietismo. Esta versión del protestantismo postulaba la vivencia interior de la religión, y un fuerte rigorismo moral. Se formó luego en la Facultad de Filosofía de su ciudad natal, de donde no saldría en el resto de su vida. Entre 1746 y 1755 trabajó como preceptor (como se llamaba a quienes formaban privadamente a los hijos de los burgueses o nobles).

En 1756 inició su carrera como profesor en la Universidad de Königsberg. Escribió y enseñó Matemática, Física, Cosmología Geografía, Lógica, Metafísica, Ética, Filosofía de la Religión, Estética, y aun Mineralogía. Uno de los filósofos más originales e influyentes de la historia, Kant tenía algunos rasgos peculiares de personalidad. Se caracterizaba por su extrema puntualidad y amor por el orden, a tal punto que cualquier cambio en su rutina cotidiana lo irritaba. (…)Su discípulo Herder escribió: “No hubo intriga, secta, ventaja ni ambición que tuviera para él el menor interés, en comparación con la difusión y el esclarecimiento de la verdad. Animaba y obligaba agradablemente a pensar por sí mismo; su alma estaba desprovista de despotismo” Su epitafio, que resume bien los dos grandes intereses de Kant, dice: “El cielo estrellado sobre mí, y la ley moral en mí

Kant argumenta que podemos conocer a priori que habitamos en un mundo natural de objetos situados en el espacio y el tiempo que están causalmente relacionados. Kant se caracteriza por su insistencia en que este orden causal y nuestras pretensiones de conocimiento se limitan al mundo natural, pero que no tenemos razón para pensar que el mundo natural cognoscible es todo cuanto existe. Por el contrario, tenemos y no podemos prescindir de una concepción de nosotros mismos como agentes y seres morales, lo cual sólo tiene sentido sobre la suposición de que tenemos una voluntad libre. Kant afirma que la libre voluntad y la causalidad natural son compatibles, siempre que no se considere la libertad humana —la capacidad de obrar de forma autónoma— como un aspecto del mundo natural. La causalidad y la libertad se dan en ámbitos independientes; el conocimiento se limita a la primera y la moralidad a la última.

La solución de Kant del problema de la libertad y el determinismo es el rasgo más controvertido y fundamental de su filosofía moral…

La cuestión central en torno a la cual dispone Kant su doctrina ética es la de «¿qué debo hacer?». Kant intenta identificar las máximas, o los principios fundamentales de acción, que debemos adoptar.

ONORA O’NEILL, La ética kantiana en: Peter Singer, Compendio de Ética

Kant se ubica en una posición completamente diferente tanto de la de Aristóteles como de la de Epicuro y los Utilitaristas, ya que ante la pregunta “¿Qué es el bien?” no acude a los fines de la acción humana (como la felicidad), sino que intenta encontrar algo que pueda considerarse bueno en términos absolutos, con prescindencia de cualquier cosa (inclusive las variaciones culturales, sociales o históricas). Se trata de la ética llamada deontológica o ética del deber. La respuesta de Kant es que lo único que puede ser absolutamente bueno, es la buena voluntad. Las cualidades, habilidades o capacidades de las personas serán buenas o malas según ciertas condiciones. Veamos cuáles:

En primer lugar, serán buenas o malas en dependencia de cuál sea su intención al emplearlas, y no de los resultados o consecuencias de la acción (como sostienen los utilitaristas). Así, cuando juzgamos los actos morales podemos considerar lo que la persona quiso hacer, o bien lo que realmente logró. Para Kant será importante lo primero.

Supongamos que una médica emplea todo su conocimiento y dedicación para tratar a un paciente que sufrió una herida grave. Si el paciente fallece, no podremos decir que los resultados alcanzados hayan sido buenos; pero la médica hizo todo lo posible para salvarle la vida. Sin embargo, es importante notar que el término “intención”, en Kant, supone una intención actuante: no se trata de meramente desear hacer algo, sino de implementar todos los medios que están a nuestro alcance para ello. Los resultados no son importantes para juzgar el acto moral, pues haya diferentes factores que no podemos controlar, y de los que, por tanto, no somos responsables.

En segundo lugar, según Kant, para que la voluntad sea buena, es necesario que la persona actúe por deber. Kant propone una clasificación de los actos, en relación con el deber, que exponemos a continuación:

a) Actuamos en forma contraria al deber, cuando hacemos lo opuesto de lo que requiere el deber. Nuestro deber es ser honestos. Por lo tanto, si estafamos, estamos actuando en forma contraria al deber, y nuestra acción tendrá un valor moral negativo.

b) Actuamos de acuerdo con el deber cuando nos atenemos a lo que el deber nos requiere pero por motivos que tienen que ver con nuestros propios intereses o inclinaciones. Por ejemplo, supongamos que un lechero se encuentra ante la disyuntiva de agregarle o no agua a su producción, para ganar más dinero. El lechero sabe que esto es una estafa, y decide no hacerlo porque si sus clientes se dan cuenta perdería más de lo que ganaría en la diferencia. En este caso, está actuando de acuerdo al deber, por inclinación mediata o interés. Su acción es correcta, pero sus intenciones o motivos no tienen que ver con lo que es justo, sino con las consecuencias (negativas para él) de su acción. También podría abstenerse de mezclar la leche con agua porque sus propios hijos e hijas la beben. En este caso, su acto está de acuerdo al deber, pero en este caso por inclinación inmediata (por el amor que les tiene a sus hijos). La acción de acuerdo con el deber, sea por inclinación mediata o inmediata, tendrá un valor moral neutro. No es negativo, porque no se opone al deber; pero tampoco es positivo, porque se realizó por interés o por afecto.

c) Actuamos por deber cuando el único motivo de nuestra acción es el conocimiento de que esa es la manera en que debemos actuar. Supongamos que la médica a la que nos referimos anteriormente no conoce al herido, o más aún, que el paciente fue herido en una confrontación en la que mató a un ser querido de la médica. Sin embargo, no hay otro médico presente, y ella, aun conociendo lo que pasó, hace todo lo posible por salvarlo, porque ese es su deber. Aquí vemos la distinción entre actuar por inclinación y actuar por deber. En tal sentido, para Kant, el deber es de naturaleza exclusivamente racional; en cambio las inclinaciones corresponden a nuestros instintos y a nuestros sentimientos y son, por tanto, de naturaleza emocional.

Usted podrá organizar mejor estos conceptos si tiene en cuenta el siguiente esquema mediante el que clasificamos los actos:

kanti

En tercer lugar, la voluntad será buena si obedece a la ley moral. Según Kant, siempre que actuamos nos guiamos por principios, es decir, que actuamos de una manera relativamente consistente, siguiendo una línea de conducta. Kant llama máximas a esos principios por los que nos guiamos y considera que son subjetivos, porque nosotros mismos los proponemos.

Por ejemplo, una persona mentirosa se guiará por una máxima como ésta: “Mentiré cada vez que me convenga”, aunque no la formule explícitamente. Pero, ¿cómo hacemos para determinar si nuestras máximas tienen valor moral positivo o negativo? Tenemos que probar si se las puede universalizar sin contradicciones; es decir, si lo que quiero para mí, puedo quererlo al mismo tiempo para todos los demás. En ese caso mi máxima tendría un valor moral positivo y se convertirá en ley. Sigamos con el ejemplo: ¿debo mentir?, y la máxima subjetiva: “Mentiré sólo si me conviene”. Una vez formulada la máxima tendría que preguntarme: ¿Qué pasaría si todos lo hicieran? Si todos mintieran nadie creería a los demás y, al perderse la confianza, la mentira carecería de sentido pues nadie la creería.

La segunda pregunta que deberíamos formularnos es: ¿Puedo yo querer esas consecuencias? No, puesto que si digo una mentira lo hago para que me crean. Entonces, yo quiero y no quiero la mentira al mismo tiempo: la quiero para mí pero no para los otros. En mi voluntad hay una contradicción, lo que me prueba que la máxima propuesta no puede universalizarse y por lo tanto carece de valor moral positivo.

Como el ser humano no es puramente racional sino que está compuesto de razón y sensibilidad, Kant considera necesario que el deber tenga un carácter coercitivo (obligatorio) y que la ley moral se le presente como una orden, pero una orden sin condicionamientos. A esto lo llama Kant el imperativo categórico (imperativo, por ser una orden, y categórico por no subordinarse a ninguna condición o hipótesis). Afirmar “No se debe mentir”, es diferente de afirmar “Si no quiere perder la confianza de sus amigos, no les mienta”. El imperativo categórico kantiano tiene dos formulaciones diferentes:

 

  1. Obra de modo tal que puedas querer sin contradicciones que tu máxima se convierta en ley universal;

 

  1. Obra de modo tal que consideres a la humanidad (en ti mismo y en los otros) siempre como un fin y nunca solamente como un medio.

 

Si la médica de nuestro ejemplo salvara al herido porque le debe dinero, lo estaría considerando como un medio para recuperar su dinero y no como un ser humano que debe ser ayudado porque está en una situación de peligro (como un fin en sí mismo).

Por otra parte, según Kant, sólo es libre quien obedece a la ley moral, y su voluntad es autónoma[1] porque no depende de nada externo a ella, sino que descubre la ley moral en sí mismo, en su propia racionalidad. Y es la ley moral que nos confiere la mayor dignidad en tanto seres humanos: por eso es más importante actuar por deber que buscar ser felices (a veces ambas cosas son incompatibles). Kant sostiene al respecto que si la naturaleza hubiera querido hacernos felices nos habría dotado sólo de instintos; si tenemos razón es para ser moralmente buenos. La posición de Kant ha sido muy influyente en el pensamiento ético de la cultura occidental, y todavía hoy lo es.

 

FilosofíaGuía de EstudiosEducación de Adultos 2000. GOB BS AS.

[1] Autónomo (auto: sí mismo – nomos: ley), que se da su propia ley; se opone a heterónomo (hetero: diferente – nomos: ley) que recibe su ley de otros.