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John Stuart Mill  fue un filósofo inglés que vivió durante el auge de la Revolución Industrial, en el siglo XIX. Expresó su propuesta ética en varias obras, especialmente en El utilitarismo.

Conviene tener en cuenta que en el pensamiento de Mill “útil” no hace referencia a beneficios económicos.

La propuesta de Mill es una ética eudemonista (como la de Aristóteles), en el sentido de que el bien se identifica con la felicidad, pero no ya con la felicidad individual, sino con la del mayor número de personas. Sin embargo, también se la podría considerar una ética hedonista, porque la felicidad para Mill equivale al placer.

¿Por qué Mill se refiere a la felicidad de la mayoría? Según su posición, un acto es bueno siempre que procure felicidad a alguien, pero si tenemos que comparar actos morales entre sí, será mejor el que procure felicidad a un número mayor de seres humanos. (…) Lo que cuenta es la consideración de las consecuencias sobre el bienestar de los demás que tendrá cada acto que realicemos. Por esto se dice también que la ética de Mill es una ética consecuencialista..Guía de estudio Filosofía Educación de Adultos. Gob BsAs 2002

Algunas anotaciones previas en torno al utilitarismo

1.1 Cuando el utilitarismo se refiere a actos justos o injustos, está teniendo en cuenta que se trata de acciones voluntarias. Un acto se considera voluntario cuando la persona podría haber actuado de forma diferente si así lo hubiera decidido o querido. Esto no equivale a entender el acto voluntario como resultado de una deliberación. Lo esencial es que la acción se encuentra dentro de nuestro control.

1.2 Es necesario valorar no sólo el bien o la felicidad, sino también la infelicidad. Por lo tanto, la acción buena es resultado de un cálculo orientado  al logro de la felicidad neta, es decir, aquella que se obtiene como diferencia entre el logro de la felicidad y de evitar la infelicidad. La infelicidad debe ser computada en el total. Cuando se trata de elegir entre dos actos que producen la misma cantidad de felicidad, es preciso escoger aquel que produce menos infelicidad.

Debería decirse, pues, lo siguiente: debemos hacer el acto que produzca el mayor superávit de felicidad en relación con la infelicidad.

1.3La felicidad o la producción del bien, no debe entenderse sólo en términos personales. Una ética egoísta se propone promover nuestros propios intereses hasta el mayor grado posible, asegurándonos de que lo que hagamos nos hará realmente felices. Una ética altruista exige sacrificar nuestros propios intereses a los de los demás. La ética utilitarista no debe entenderse ni en términos egoístas ni en términos altruista. Es más bien universalista, puesto que considera nuestros intereses a la vez que los intereses de cualquier otra persona. Solamente cuando nuestros propios intereses no pueden alcanzarse más que a costa de sacrificar los intereses mayores de otras personas, será aconsejable el sacrificio personal. En caso de conflicto es preciso sopesar nuestro interés con el interés general. La ética utilitasita busca promover el máximo bien total, evitando el mayor mal. José Luis Rebellato. Monografía presentada como prueba para el concurso de la efectividad del cargo docente grado tres, Asignatura ética.

Selección de texto del Utilitarismo (1863)

 En la presente ocasión intentaré… contribuir en alguna medida a la comprensión y apreciación de la teoría «utilitarista» o de la «felicidad», y a proporcionar la prueba que puede darse de ella. Es evidente que no puede tratarse de una prueba en el sentido ordinario y popular del término. Las cuestiones relativas a los fines últimos no son susceptibles de prueba directa. Las cuestiones relativas a los fines últimos no son susceptibles de prueba directa. Para demostrar que algo es bueno debe mostrarse que constituye un medio para conseguir algo que se admite que es  bueno sin recurrir a prueba. Se demuestra que el arte médico es bueno para conducir la salud; pero ¿pero como es posible demostrar que la salud es buena?… Por tanto si se mantiene que existe una fórmula comprensiva que incluye todas las cosas que son buenas en sí mismas, y que todo lo bueno restante no lo es en cuanto fin sino en tanto que medio, la fórmula puede ser aceptada o rechazada, pero no depende de lo que normalmente se entiende por prueba.

No hemos de inferir, sin embargo, que su aceptación o rechazo haya de depende del impulso ciego o la elección arbitraria. Existe un significado más amplio de la palabra «prueba», según el cual esta cuestión es tan susceptible de ser probada como cualquier otra de las cuestiones más polémicas de la filosofía.  El tema es susceptible de conocimiento mediante la facultad de la razón, y por ende, tampoco esta facultad se enfrenta con él solamente vía intuición. Pueden ofrecerse consideraciones que pueden lograr que el intelecto otorgue o deniegue su aprobación a esta doctrina; y ello equivale a una prueba. Cap I, pag. 42.

 Principio de mayor felicidad

El credo que acepta como fundamento de la moral la Utilidad, o el Principio de la mayor Felicidad, mantiene que las acciones son correctas (right) en la medida en que tienden a promover la felicidad, incorrectas (wrong) en cuanto tiende a producir lo contrario a la felicidad. Por felicidad se entiende el placer y la ausencia de dolor; por infelicidad el dolor y la falta de placer. Para ofrecer una idea clara del criterio moral que esta teoría establece es necesario indicar mucho más: en particular, qué cosas incluye en las ideas de dolor y placer, y en qué medida es ésta una cuestión a debatir. Pero estas explicaciones suplementarias no afectan a la teoría de la vida sobre la que se funda esta teoría de la moralidad –a saber, que el placer y la exención del sufrimiento son las únicas cosas deseables como fines–; y que todas las cosas deseables (que son tan numerosas en el Proyecto utilitarista como en cualquier otro) son deseables ya bien por el placer inherente a ellas mismas, o como medios para la promoción del placer y la evitación del dolor.(El Utilitarismo, Cap. II, pag. 45)

 Hedonismo

 Ahora bien, tal teoría de la vida provoca en muchas mentes, y entre ellas en algunas de las más estimables en sentimientos y objetivos, un fuerte desagrado. Suponer que la vida no posea (tal como ellos lo expresan) ninguna finalidad más elevada que el placer –ningún objeto mejor y más noble de deseo y búsqueda– lo califican como totalmente despreciable y rastrero, como una doctrina sólo digna de los puercos, a los que se asociaba a los seguidores de Epicuro en un principio, siendo, en algunas ocasiones, los modernos defensores de esta doctrina igualmente víctimas de tan corteses comparaciones por parte de sus detractores alemanes, franceses e ingleses.

Cuando se les atacaba de este modo, los epicúreos han contestado siempre que no son ellos, sino sus acusadores, los que ofrecen una visión degradada de la naturaleza humana; ya que la acusación supone que los seres humanos no son capaces de experimentar más placeres que los que puedan experimentar los puercos. Si esta suposición fuese cierta, la acusación no podría ser desmentida, pero ya no sería un reproche, puesto que si las fuentes del placer fueran exactamente iguales para los seres humanos y para los cerdos, la regla de vida que fuera lo suficientemente buena para los unos sería lo suficientemente buena para los otros. Resulta degradante la comparación de la vida epicúrea con la de las bestias precisamente porque los placeres de una bestia no satisfacen la concepción de felicidad de un ser humano. Los seres humanos poseen facultades más elevadas que los apetitos animales, y una vez que son conscientes de su existencia no consideran como felicidad nada que no incluya la gratificación de aquellas facultades. Desde luego que no considero que los epicúreos hayan derivado, en modo alguno, de forma irreprochable su teoría de lo que se sigue de la aplicación del principio utilitarista. Para hacerlo de un modo adecuado sería necesario incluir muchos elementos estoicos, así como cristianos. Con todo, no existe ninguna teoría conocida de la vida epicúrea que no asigne a los placeres del intelecto, de los sentimientos y de la imaginación, y de los sentimientos morales, un valor mucho más elevado en cuanto placeres que a los de la pura sensación. Cap II

Los jueces competentes

Es del todo compatible con el principio de utilidad el reconocer el hecho de que algunos tipos de placer son más deseables y valiosos que otros. Sería absurdo que mientras que al examinar todas las demás cosas se tiene en cuenta la calidad además de la cantidad, la estimación de los placeres se supusiese que dependía tan sólo de la cantidad.

Si se me pregunta qué entiendo por diferencia de calidad en los placeres, o qué hace a un placer más valioso que a otro, simplemente en cuanto placer, a no ser que sea su mayor cantidad, sólo existe una única posible respuesta. De entre dos placeres, si hay uno al que todos, o casi todos los que han experimentado ambos, conceden una decidida preferencia, independientemente de todo sentimiento de obligación moral para preferirlo, ese es el placer más deseable. Si aquellos que están familiarizados con ambos colocan a uno de los dos tan por encima del otro que lo prefieren, aun sabiendo que va acompañado de mayor cantidad de molestias, y no lo cambiarían por cantidad alguna que pudieran experimentar del otro placer, está justificado que asignemos al goce preferido una superioridad de muy poca importancia.

Ahora bien, es un hecho incuestionable que quienes están igualmente familiarizados con ambas cosas y están igualmente capacitados para apreciarlas y gozarlas, muestran realmente una preferencia máximamente destacada por el modo de existencia que emplea las capacidades humanas más elevadas. Pocas criaturas humanas consentirían en transformarse en alguno de los animales inferiores ante la promesa del más completo disfrute de los placeres de una bestia. Ningún ser humano inteligente admitiría convertirse en un necio, ninguna persona culta querría ser un ignorante, ninguna persona con sentimientos y conciencia querría ser egoísta y depravada, aun cuando se le persuadiera de que el necio, el ignorante o el sinvergüenza pudieran estar más satisfechos con su suerte que ellos con la suya. No cederían aquello que poseen y los otros no, a cambio de la más completa satisfacción de todos los deseos que poseen en común con estos otros. Si alguna vez imaginan que lo harían es en casos de desgracia tan extrema que por escapar de ella cambiarían su suerte por cualquier otra, por muy despreciable que resultase a sus propios ojos. Un ser con facultades superiores necesita más para sentirse feliz, probablemente está sujeto a sufrimientos más agudos, y ciertamente los experimenta en mayor número de ocasiones que un tipo inferior. Sin embargo, a pesar de estos riesgos, nunca puede desear de corazón hundirse en lo que él considera que es un grado más bajo de existencia…

…Considero inapelable este veredicto emitido por los únicos jueces competentes. En relación con la cuestión de cuál de dos placeres es el más valioso, o cuál de dos modos de existencia es el más gratificante para nuestros sentimientos, al margen de sus cualidades morales o sus consecuencias, el juicio de los que están cualificados por el conocimiento de ambos o, en caso de que difieran, el de la mayoría de ellos, debe ser admitido como definitivo. Es preciso que no haya dudas en aceptar este juicio respecto a la calidad de los placeres, ya que no contamos con otro tribunal, ni siquiera en relación con la cuestión de la cantidad. ¿Qué medio hay para determinar cuál es el más agudo de dos dolores, o la más intensa de dos sensaciones placenteras, excepto el sufragio universal de aquellos que están familiarizados con ambos? ¿Con qué contamos para decidir si vale la pena perseguir un determinado placer a costa de un dolor particular a no ser los sentimientos y juicio de quien 1os experimenta?  Cuando, por consiguiente, tales sentimientos y juicio declaran que los placeres derivados de las facultades superiores son preferibles como clase, aparte de la cuestión de la intensidad, a aquellos que la naturaleza animal, al margen de las facultades superiores, es capaz de experimentar, merecen la misma consideración respecto a este tema(p.52)

 Educación y progreso

 Después del egoísmo, la principal causa de insatisfacción ante la vida es la falta de cultivo intelectual. Una inteligencia cultivada -[…] – halla fuentes de inagotable interés en todo lo que le rodea: en los objetos de la Naturaleza, las obras de arte, las creaciones poéticas, los acontecimientos de la historia, las costumbres pasadas y presentes de la humanidad y sus perspectivas futuras […]

Ahora bien, no hay en la naturaleza de las cosas razón alguna para que la herencia de todo ser nacido en un país civilizado no sea cierto grado de cultura intelectual suficiente […]. Como tampoco hay necesidad intrínseca de que cualquier ser humano sea un interesado egoísta apartado de todo sentimiento o cuidado que no se encuentre en su propia y miserable individualidad.[…]. En un mundo en que hay [..] tanto que gozar, y también tanto que corregir y mejorar, todo el que posea esta moderada cantidad de moral y de requisitos intelectuales, es capaz de una existencia que puede llamarse envidiable; a menos que esa persona, por malas leyes o por sujeción a la voluntad de otros, sea despojada de la libertad para usar de las fuentes de la felicidad a su alcance, no dejará de encontrar envidiable esa existencia si escapa a […] las grandes fuentes de sufrimiento físico y mental, tales como la indigencia, la enfermedad, […]o la pérdida prematura de los seres queridos. El punto esencial del problema reside, por tanto, en la lucha estas calamidades.[…]Ninguno […] puede dudar de que los mayores males del mundo son de suyo evitables, y si los asuntos humanos siguen mejorando, quedarán encerrados al final dentro de estrechos límites.

La pobreza, en cualquier sentido que implique sufrimiento, podrá ser completamente extinguida por la sabiduría de la sociedad, combinada con el buen sentido y la prudencia de los individuos. Incluso el más obstinado de los enemigos, la enfermedad, podrá ser reducido indefinidamente con una buena educación física y moral y un control apropiado de las influencias nocivas. Así ha de ser mientras los progresos de la ciencia ofrezcan para el futuro la promesa de nuevas conquistas directas contra este detestable v enemigo.[…] En resumen, todas las grandes causas del sufrimiento humano pueden contrarrestarse considerablemente, y muchas casi enteramente, con el cuidado y el esfuerzo del hombre. Su eliminación es tristemente lenta; una larga serie de generaciones perecerá en la brecha antes de que se complete la conquista y se convierta este mundo en lo que fácilmente podrá ser si la voluntad y el conocimiento no faltan.

Sin embargo, todo hombre lo bastante inteligente y generoso para aportar a la empresa su esfuerzo, por pequeño e insignificante que sea, obtendrá de la lucha misma un noble goce que no estará dispuesto a vender por ningún placer egoísta.(,pp.39-41)

El utilitarismo. J. S Mill