Las preguntas y los problemas filosóficos. Ficha 2


Ficha 2 UTU

 

¿Por qué filosofía aquí y ahora?

Las preguntas de la filosofía son preguntas que no todos quieren preguntar, porque sus preguntas involucran toda la existencia. Por ello, todo está organizado para que la gente no se haga esas preguntas. Por ejemplo, ¿por qué a veces las cosas son injustas? ¿Por qué hay hambre? ¿Por qué hay gente que tiene tanto y gente que tiene tan poco? Esas son preguntas filosóficas. Pero además la filosofía tiene preguntas fundamentales, como ¿Por qué hay lo que hay? No hay nada más revolucionario que pararse frente a la realidad, la teología o los gobiernos y dudar de ellas, cuestionarlas. Por ello el pensamiento requiere de la libertad para ejercerse. Dudar de todo, no creer en aquello que nos han dicho sin reflexionarlo. La filosofía nos hace no dejar que nos metan vértigos consumistas en nuestra conciencia, exige que siempre tengamos un pensamiento libre y sólo una conciencia crítica es libre.

José Pablo Feinmann 

URGENCIA Y PRESENCIA DE LA FILOSOFÍA

Pero, ¿para qué sirve hacerse unas preguntas a las que nadie por lo visto logra dar respuesta definitiva? A esta pregunta que por cierto también es filosófica, se le pueden dar como réplica nuevas preguntas: ¿por qué todo debe servir para algo? ¿Tenemos que servir para algo cada uno de nosotros, es decir, es obligatorio que seamos siervos o criados de algo o de alguien? ¿Acaso somos empleados de nosotros mismos? A lo mejor hacerse las grandes preguntas sirve precisamente para eso: para demostrar que no siempre estamos de servicio, que también alguna vez podemos pensar como si fuésemos amos y señores.

Supongo que algo así es lo que quería señalar Sócrates cuando dijo que “una vida sin indagación no merece la pena de ser vivida”. Al repetir las grandes preguntas intentamos hacernos dueños de nuestra vida, tan incierta y fugitiva: preguntarse es dejar de trajinar como animales, automáticamente programados por los instintos, y erguirse, secándose el sudor, para decir: “Aquí estamos nosotros, los humanos. ¿Qué hay de lo nuestro?”

Aunque lo verdaderamente irrenunciable sean las preguntas tampoco las respuestas que proponen los filósofos (o cualquiera de nosotros, cuando hacemos de filósofos) resultan desdeñables. Esas contestaciones filosóficas se distinguen porque nunca tapan del todo la pregunta que las suscita y siempre dejan algún hueco por el que se cuelan los nuevos interrogantes, para que el juego – el humano juego de la vida- siga abierto.

Las respuestas filosóficas suelen ser un cóctel racional con dos ingredientes básicos: escepticismo e imaginación. Lo primero, escepticismo, porque quien se lo cree todo nunca piensa nada.

Para empezar a pensar hay que perder la fe: la fe en las apariencias, en las rutinas, en los dogmas, en los hábitos de la tribu, en la “normalidad” indiscutible de lo que nos rodea. Pensar no es verlo todo clarísimo, sino comenzar a no ver nada claro lo que antes teníamos por evidente. El escepticismo acompaña siempre a la filosofía, la flexibiliza, le da sensatez, sólo los tontos no dudan nunca de lo que oyen y sólo los chalados no dudan nunca de lo que creen. Pero además la filosofía está también hecha de imaginación. !Ojo, no de fantasías o delirios! No hay nadie menos imaginativo que los que ven fantasmas, brujerías, adivinanzas, extraterrestres y milagros por todas partes.

Quien carece de imaginación siempre está  dispuesto a dar crédito a realidades nuevas y desconocidas, mientras que quien tiene imaginación busca lo nuevo a partir de la realidad tal como la conocemos.

Fernando Savater 


 

 

Subjetividad e historicidad de los problemas

 

Los problemas no se presentan en abstracto. Para analizarlos hay que tener en cuenta la situación real en que este problema se constituye.

Esta situación incluye:

-         un sujeto, que es quien piensa y para quien existe un problema

-         las circunstancias en que se enuncia el problema

-         la cuestión a que se refiere el problema

La palabra problema viene del griego y etimológicamente significa “lanzar o arrojar hacia delante”. En este sentido un problema es algo que está frente a mi, algo con que me encuentro y me enfrento. En otras palabras, un problema es un obstáculo. Pero para que algo sea vivido como un obstáculo no es suficiente que esté presente ante mí. Es indispensable que yo me proponga, que sienta la necesidad de sortearlo, de pasar al otro lado, de salir de esa situación. Es decir, no toda interrogante es vivida como problema para el hombre. No alcanza con tener conciencia  de que ignoramos algo, no alcanza con constatar la aparente incompatibilidad entre los datos con que cuento. El hombre contemporáneo percibe con claridad que desconoce muchas cosas pero puede habituarse a vivir con su ignorancia sin intranquilizarse por ello. El problema en cambio se caracteriza por su dimensión de problematicidad para alguien. La situación se hace problemática cuando el sujeto siente la necesidad de superarla como una exigencia. La situación adquiere entonces dramatismo. En cuanto a su contenido, tanto el problema como su solución se caracterizan por su historicidad. La solución siempre tiene una zona de validez limitada, fuera de la cual será sustituida por otra. Pero los problemas mismos son históricos y esto en dos sentidos: un mismo problema es una realidad variada a lo largo de la historia. Pero además, permanentemente aparecen problemas nuevos y otros dejan de serlo.

 

M. Berttolili. M Langón M. Quintela

                                        ¿Qué es un problema filosófico?

Un problema es siempre un interrogante, una pregunta para la que no tenemos aún una respuesta satisfactoria. Para que sea filosófico:
• Debe ser un problema significativo para los seres humanos como tales. es decir, un problema que no sea privado ni trivial.
• Puede coincidir total o parcialmente con interrogantes que se plantean en el ámbito religioso, artístico, político o científico; en este último caso no tiene que coincidir con los interrogantes específicos de cada una de las ciencias.
• Puede tener que ver con situaciones límite — aquellas que no podemos cambiar y nos enfrentan con fronteras que no podemos traspasar —, con elecciones de vida, con lo que sabemos e ignoramos, con las relaciones entre individuo y sociedad, etc.

                                  

                                       

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